domingo, 29 de septiembre de 2013

La selva

La lancha se fue, partió agitando el agua, y la seguimos con la vista desde la orilla hasta que se perdió en una curva del río. En ella iba nuestro guía de pesca y su ayudante; ahora estábamos por nuestra cuenta.    El motor del bote grande estaba averiado. Facundo, el guía, había tratado de repararlo, pero tras amontonar piezas del motor en la cubierta nos dijo, con bastante pesar, que tenía que ir hasta un pueblo a buscar un repuesto.  En otra parte eso no sería un problema, pero estábamos en la selva amazónica, a un día en lancha del caserío más cercano, y a dos de un pueblo.
Éramos cinco pescadores, y como la lancha era muy pequeña para todos nos quedamos en un puerto natural, un claro diminuto en la rivera del río, y allí amarramos el bote averiado.
Más allá del pequeño claro se alzaba la selva, oscura, amenazante, y a la vez espléndida y hermosa.
El plan ahora era acampar en la rivera durante el día y de noche dormir en el bote, mientras esperábamos que Facundo volviera.
El contratiempo de estar varados no nos iba a impedir pescar. Lanzamos las líneas desde la orilla, y pronto resbalaron en nuestras manos unos bagres inmensos, y también sacamos otros peces que ni sabíamos cómo se llamaban.

Durante todo el día cruzaron volando sobre el río todo tipo de aves: ruidosos guacamayos, loros multicolores, garzas blancas, cormoranes, palomas. Y una pareja de nutrias de río se acercó varias veces al puerto, atraídos por el olor a pescado.
Detrás de nosotros la selva estaba muy quieta, y los ruidos parecían venir siempre de lejos, aunque a veces sentía que nos observaban desde la espesura. Y así pasó el primer día. Cuando cayó la noche vino llena de ruidos: chapoteos en el agua, crujidos que venían de la selva, y coros cercanos y lejanos de grillos y otros insectos.
Temprano por la mañana seguimos con la pesca. A esa hora el desfile de aves era mayor aún. En el agua saltaban peces pequeños, grandes, se asomaban en la superficie o agitaban el agua desde abajo.
En la selva cantaban algunas palomas, mientras un grupo de monos pasó gritando no muy lejos de allí.
Viendo toda aquella vida salvaje me dio ganas de entrar a la selva. Cómo tenerla tan cerca y no recorrerla ni un poco.   Cuando le comuniqué mis planes a los otros, Renato, un brasilero que nos acompañaba, me recomendó llevar un machete y una cantimplora llena de agua.

- No voy a hacer una excursión -le dije-, voy a andar por aquí nomás.
- Voce vay con cuidado… que o mato e perigroso… -me aconsejó.

Pensé que de todas formas aquellos elementos no estaban de más. Bordeé la selva e ingresé en ella.
Apenas había avanzado unos metros cuando tuve la impresión de estar muy lejos del puerto. Sobre mi cabeza se enmarañaban ramas de todo tipo, ocultando el cielo. Por el suelo avanzaban interminables filas de hormigas. Lianas finas y gruesas trepaban por los troncos, colgaban entre los árboles, lianas de todo tipo, retorcidas en tirabuzón, rectas como cuerdas, entrelazadas.
Probé el machete en algunas ramas y me sentí todo un explorador. Caminé un poco más y estaba empapado en sudor.  Bebí un buen trago de la cantimplora y emprendí el regreso; eso intenté.
Creí volver sobre mis pasos pero, ¿dónde estaban mis huellas? Avancé unos metros y todo me parecía igual. Sabía que no estaba muy lejos del puerto. Escuché durante un rato, esperando oír las voces de mis compañeros, pero solo percibía el rumor de la selva. Después, aunque no quería que los otros se rieran de mí, grité varias veces, pero no me respondían.
En ese punto empecé a preocuparme un poco. Caminar mucho sin haberme orientado era muy peligroso, y podría adentrarme más y más en la selva.
Seguro de que no estaba lejos, grité nuevamente, esta vez pidiendo ayuda, entonces escuché unas risas.

- ¡Estamos aquí! -gritó una voz conocida, entre carcajadas.

Avancé hacia la voz y salí en el puerto. Habían escuchado mis primeros gritos, pero les pareció divertido no responder enseguida.



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