sábado, 3 de agosto de 2013

Naranjas y cuentos

Las tardes soleadas de invierno, dos familias vecinas iban hasta la propiedad del viejo González, a comer naranjas y a escuchar cuentos. Tenía el viejo González una huerta con naranjos enormes y generosos que daban unas frutas inmensas, jugosas y muy dulces.  El viejo era tan generoso como sus naranjos, y siempre las ofrecía: “Vayan y arranquen las naranjas que quieran, que sino se van a pudrir en los árboles y sería un desperdicio”, solía decir el viejo a sus vecinos, que no eran muchos, pues en las cercanías había sólo dos casas.  Además de ser un buen vecino, el viejo era un gran narrador de cuentos, por eso las dos familias iban hasta su huerta, y sentados en unos bancos rústicos lo escuchaban con atención mientras degustaban alguna que otra naranja.
En esa ocasión el viejo empezó a hablar de noches oscuras, y luego comenzó así su relato:

- …Noche realmente oscura fue una que viví hace muchos años, halla en mi juventud. Cuatro compañeros y yo habíamos acampado en un bosque por demás extenso. Estábamos cazando venados. Caminamos toda la tarde sin suerte, no cazamos ninguno, pero yo no pensaba rendirme así nomás. Cuando los otros volvieron al campamento yo seguí.
Tenía la esperanza de encontrar un buen sendero (para emboscar un venado allí), pero cuando el ocaso aquietó el bosque seguía sin encontrar uno.  Cuando me pareció que se estaba haciendo noche muy rápido, miré hacia arriba y vi, entre la copa de los árboles, unas nubes oscuras que se movían velozmente. Apenas avancé un poco más y la oscuridad fue absoluta.
Por supuesto, llevaba una linterna, y con ella encendida partí hacia donde creía se hallaba el campamento. Aunque mi sentido de la orientación es muy bueno, no conocía el lugar, había dado muchas vueltas y el bosque era espeso como pocos.  Aquella oscuridad no vino sola, la acompañaba el silencio, aunque a veces sonaba una rama suelta que caía de repente desde lo alto, o crujía algo en el suelo, pero cuando enfocaba el lugar no había nada; cosas del bosque.

Mi situación empeoró cuando la linterna se rompió. La golpeé en la palma, le saqué las pilas, las puse de nuevo, las ajusté bien, nada, no volvió a iluminar. ¿Y ahora? Colgué el rifle en la espalda y, tanteando con el pié me hice de una rama. Usando la rama como un bastón y con el brazo libre frente a la cara para protegerla, fui avanzando lentamente. Cada pocos pasos tanteaba un tronco, lo rodeaba y seguía, mas unos pasos más adelante siempre había otro. No captaba ni un destello de claridad, nada. Sería igual ir con los ojos fuertemente vendados, pero como los tenía abiertos sentía que mis pupilas se dilataban buscando luz. No alcanzaba a escudriñar nada, todo estaba negro y silencioso, aunque sonaban cada tanto esos crujidos que mencioné, pero trataba de no pensar en ellos.
Ahora sólo contaba con mi sentido de la orientación, pero, ¿puede uno orientarse sin tener ni el menor indicio de dónde se anda, sin ver nada?  Al hacer una pausa pensé en voz alta:

- ¿Dónde estará el campamento? No quiero gritar porque después se van a poner a bromear diciendo que me perdí. ¿Dónde estará el campamento…?
- Aquí, y si das un paso más me vas a pisar -dijo de pronto una voz que venía desde el suelo.

Ya estaba en el campamento. Los muy holgazanes de mis compañeros se habían acostado sin encender una fogata.
 

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