sábado, 15 de junio de 2013

Lejos de la guerra

Alexandre y sus padres estaban siempre asustados. Aunque vivían en una zona remota de Francia, temían que los invasores alemanes aparecieran allí en cualquier momento. Sabían que los alemanes avanzaban por Francia como una plaga de langostas que se disemina devorando todo a su paso. 
Era invierno y la nieve cubría casi todo el paisaje, que alrededor de la casa era mayormente bosque.
Cuando Alexandre y su padre salían a cazar avanzaban con sigilo, vigilando su entorno continuamente. Revisaban las trampas que tenían colocadas en puntos conocidos, y a veces volvían a la casa con una liebre o una codorniz. Cuando no había carne, escarbaban en el huerto y cosechaban alguna papa que retiraban de la tierra congelada, y con eso y alguna cebolla hacían sopa.
Los bosques de los alrededores parecían asustados también, pues estaban silenciosos, y hasta el viento parecía haber huido hacia otro lugar.

Cuando hablaban lo hacían en voz baja, pero casi siempre estaban callados. Alexandre leía y releía unos libros de cuentos cortos que eran su único entretenimiento. Y en esos largos momentos de silencio, Alexandre leía y soñaba, viajaba a los lugares de los cuentos, a aquellos sitios maravillosos donde no había guerra. Y atravesaba selvas junto a osados aventureros, o recorría ciudades soñadas, o valles verdes donde sonaba el tintineo de algunos cencerros, y donde pastaban blancos rebaños de ovejas. Se adentraba a veces, en sus lecturas, en enormes jardines coloridos y llenos de luz, y al seguir unos senderos de piedra se topaba de pronto con inmensas casas de aspecto antiguo. Conocía a los personajes de los cuentos como a su familia misma, y tenía en su mente una imagen clara de todos.
Una tarde silenciosa y fría como todas, cuando Alexandre se encontraba leyendo frente a la chimenea, unos golpes en la puerta lo estremecieron de pronto.

- ¡Alexandre! -gritó su madre, y tendió una mano hacia él, indicando que se aproximara a ella.
- Silencio -susurró el padre del muchacho-. Ocúltense en el rincón.

El padre de Alexandre, escopeta en mano, estaba dispuesto a morir defendiendo a su familia. Pero tras asomarse a la ventana, se volvió hacia ellos con una sonrisa:

- ¡No son alemanes, son el ejército aliado!  
  
Efectivamente, fuera de la casa había un grupo de soldados de los aliados, y traían provisiones; la guerra había terminado.

2 comentarios:

  1. Bellisimo cuento, algo distinto al terror, es miedo pero de otra forma, me encanto muchisisisimo! Felicidades eresun talentoso escritor. Saludos =)

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    1. Gracias Vale. En este blog no voy a publicar de terror, son de otros temas. Saludos.

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