martes, 28 de mayo de 2013

La tormenta de nieve

Armando descendía una montaña nevada deslizándose sobre sus esquíes.  Estaba muy lejos de los otros esquiadores.  Cerca de una línea de árboles la pendiente se fue haciendo menos pronunciada. Se detuvo en ella, volteó y miró hacia arriba.   No se distinguía entre la cima y las nubes blancas que la envolvían: todo era blanco. El cielo se había tornado del mismo color, y un viento cada vez más fuerte impulsaba una nieve muy fina.
Al ver aquella tormenta se arrepintió de haber explorado solo aquella parte, pero ya estaba allí; ahora debía descender más y buscar un refugio.
Como entre los árboles la pendiente era muy poca tuvo que bajar caminando. Los pinos que lo rodeaban, que estaban cubiertos de nieve, empezaron a agitarse y a aullar: la tormenta había descendido hasta el bosque.  La nieve que caía de los árboles, del cielo, la que arrancaba el viento de la montaña, se le acumulaba constantemente sobre los hombros, sobre la cabeza, y al golpearle la cara casi no lo dejaba ver, y el aullido de los pinos aumentaba.

Cuando halló un lugar propicio para hacer una cueva de nieve, sacó la pala desarmable que cargaba en la mochila y se puso a cavar . Cavó y cavó hasta formar una angosto túnel y en el fondo de éste una cavidad donde poder acostarse. Sacó lo que llevaba dentro de la mochila y la usó para tapar la entrada, después se abrigó con unas mantas térmicas y esperó.  Fuera del refugio la tormenta bramaba con fuerza, haciendo volar nieve y ramas de pino.
Cayó la noche y la tempestad continuaba.  Dentro del refugio Armando se iluminaba con una linterna pequeña. Había llevado algo de comida, pues era un hombre prevenido: tenía unas barras energéticas unos chocolates, café, unas tiras de tocino. Derretía nieve en un recipiente metálico usando una vela, y preparaba café con el agua que quedaba. Como no creyó que aquella situación durara mucho, no racionó la comida. La tempestad continuó. Pronto se quedó sin alimento. Le parecía increíble que el mal tiempo durara tanto, pero allí estaba, atrapado y sin comida, y el frío le iba quitando energías.

A veces se arrastraba hasta afuera sólo para ver la ventisca que seguía azotando todo a su paso.
Pasaron diez días. El hambre le hacía rugir el estómago. Atrapado en su cueva helada, llegó a convencerse de que había cavado su propia tumba, mas el onceavo día el tiempo mejoró un poco.
Salió del refugio y observó el cielo. Supo entonces que la mejora era solamente momentánea, que no iba a ser suficiente para salir de allí. Tratando de aprovechar el poco tiempo que tenía se puso a explorar el bosque helado. Vio un bulto oscuro en la nieve blanca. Resultó ser un cuervo muerto. El pájaro ya estaba congelado, pero igual le iba a servir como alimento. Poco después del hallazgo volvió la tempestad.

Comía pequeños trozos de ave que medio cocinaba en la llama de una vela. Dormía mucho, despertaba creyendo que estaba en su casa, perdía la noción del tiempo, y su humor pasaba por todas las etapas que pasa una persona en una situación así: por momentos se creía perdido, después se convencía de que lo iban a rescatar.
Despertó un día y escuchó con atención. ¿Su mente lo engañaba o alguien repetía su nombre?
Se arrastró por la entrada de la cueva, la despejó de nieve y asomó la cabeza. Entre la ventisca blanca que volaba por todas partes, creyó ver a un grupo de personas que caminaban entre los árboles. 
¡Ey! ¡Estoy aquí! -gritó-. ¡Aquí…! ¿Acaso no me ven? ¡Aquí! ¡Ey…! -y salió a la intemperie, y persiguiendo aquella visión caminó hacia su muerte.  

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