domingo, 12 de mayo de 2013

La inundación

El cielo estaba completamente nublado. Había llovido durante toda la noche, y la mañana no presagiaba una mejora. Grandes extensiones de campo estaban anegadas  y lucían el mismo gris que el cielo. Allá en el horizonte, sobre los cerros, algunos relámpagos resquebrajaban el cielo. La inundación era grande, y todo indicaba que iba a empeorar.
Umberto, bien montado en su caballo, recorría aquella extensión buscando alguna vaca rezagada; el ganado se amontonaba en zonas mas altas.
Escucho un mugido lastimoso, venía del lado del arroyo. Cuando alcanzó a verla frenó el caballo, echó el sombrero para atrás y se rascó la frente. “ Voy a tener
que cruzar el arroyo”,  pensó Umberto, ya calculando los riesgos que implicaba aquella acción.  La vaca estaba atrapada entre unos sarandíes, cerca de la otra orilla. El animal luchaba por su vida.  El arroyo estaba desbordado, su cause se había ensanchado más del doble de lo normal, eran unos sesenta metros de agua oscura y revuelta.

La corriente formaba pequeños remolinos. Las maderas de un puente destruido cruzaron girando frente a los ojos del hombre. La mañana se volvía cada vez más oscura. Unas gotas inmensas pero aisladas comenzaron a picar el agua.
Umberto se decidió. Hombre y caballo se arrojaron a la corriente y a su suerte. El animal resoplaba agitado mientras pataleaba para mantenerse a flote, su dueño lo alentaba: - ¡Vamos, falta poco, fuerza, vamos!
Las goteras aisladas se convirtieron en aguacero cerrado y asfixiante. Un rayo retumbó como si el cielo se hubiera quebrado.   El arroyo se erizó de lluvia, la correntada hizo girar al caballo y terminó volteándolo.
El caballo alcanzó la orilla, pero el jinete no lo logró. El cuerpo sin vida de Humberto derivaba flotando en el agua turbia y tumultuosa.
     
   

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