sábado, 25 de mayo de 2013

El cazador y la nieve

Los techos de las cabañas habían amanecido blancos. Las calles del pueblo estaban casi intransitables debido a la gruesa capa de nieve. Algunas personas despejaban las entradas de sus hogares, otros pobladores,  enterrados hasta las rodillas, hacían un esfuerzo al dar cada paso mientras atravesaban el pueblo.
Los únicos que disfrutaban de aquella situación eran los niños, ya fuera arrojándose bolas de nieve, deslizándose en trineos caseros, o construyendo muñecos de nieve; todo entre griteríos y risas.
Dentro de su cabaña, ajeno al griterío de los niños, el viejo Jeff leía un libro de cuentos. Estaba sentado en su sillón favorito, frente a la chimenea ardiente. A sus pies dormitaba Tony, su viejo perro, que sólo despertaba para bostezar largamente y volver a tender la cabeza sobre sus  patas delanteras. 
El viejo Jeff cerró el libro y miró hacia la ventana. Su perro ya lo observaba atento.

- Que te parece si vamos a cazar, ¿qué opinas Tony? -dijo el viejo dirigiéndose a su perro, quien al escucharlo contestó con un ladrido y se levantó meneando el rabo.

Jeff, seguido por Tony, fu a buscar su escopeta, se colgó un bolso al hombro y se llenó los bolsillos de cartuchos.
Cuando hombre y perro pasaron frente a la casa de su vecino, éste, que estaba paleando nieve, les gritó al verlos:

- ¡Eh, Jeff! ¡Tráeme algún ciervo de esos que supuestamente cazas, y que nunca vemos los trofeos! ¡Jajaja!
- ¡Para que sepas hoy no voy a cazar ciervos, pero cuando lo haga voy a tirar las cornamentas en tu patio, y no vas a poder salir de tu casa de tantas que van a ser! ¡Jejeje!  -le contestó Jeff. Siempre bromeaban así; se conocían de toda la vida.

El viejo y su compañero salieron del pueblo y se internaron en el bosque que seguía la falda de la montaña, la cual comenzaba a elevarse un poco más allá del pueblo y terminaba en una cima en donde chocaban las nubes.
Tony iba adelante. Olfateando aquí y allá, se detenía a observar, volteaba hacia su dueño, y seguía andando, atento al mínimo ruido.
Jeff divisó un conejo. Tras el estampido de su escopeta, creyó escuchar un trueno seguido por un rumor. Estuvo atento por un momento y giró la cabeza hacia varias direcciones; ya no escuchaba nada.  Igual decidió concluir su cacería; el conejo que había capturado era grande y gordo.
Al acercarse al pueblo vio la devastación.  Donde tenían que estar las calles y las cabañas, había un montículo gigante de nieve; una avalancha había arrasado con todo, y reinaba ahora un silencio inquietante. Y el viejo al ver aquella devastación cayó de rodillas, y su perro comenzó a aullar.   

 

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