martes, 21 de mayo de 2013

Cuento sobre el agua

El pueblo estaba reseco. Cualquier viento más fuerte que una brisa levantaba una nube de polvo y ésta cubría al pueblo. El sol quemaba desde el amanecer y los días eran largos, calurosos, polvorientos, y sobre todo, secos.
Las gallinas del lugar, con las alas y los picos abiertos, buscaban la sombra de algún árbol que las salvara del calor. Los perros pasaban el día jadeando, y a la gente no le iba mucho mejor. Las huertas se iban secando, iban muriendo las plantas, y con ella la esperanza de que viniera la lluvia.
Pero no todo estaba perdido, pues agua había, pero había que sacarla de las entrañas de la tierra. Y para eso llegó Esteban y su equipo.
Esteban trabajaba para una organización sin fines de lucro que financiaba la construcción de pozos de agua profundos.
Bajo la ansiosa mirada de la gente del pueblo, una máquina taladró la tierra reseca. Nadie se perdía de aquel espectáculo, ni los perros, y a ese gentío se sumó un personaje curioso.   Alguien que parecía ser un vecino del lugar, un viejo arrugado que vestía de blanco, se acercó a Esteban y le preguntó:

- ¿Cuánto tarda esto, más o menos? Si es que funciona, claro, porque la seca es fuerte ¡Jeje!
- Para mañana ya van a tener agua, después que instalemos la canilla. En el subsuelo es abundante -le contestó Esteban, mientras secaba el sudor de su frente; el calor había aumentado de pronto.  El vecino miró desconfiado y siguió preguntando:
- ¿Y cuánto va a costarle a cada uno esto? Porque nada es gratis, ¿no?
- Nada, sí es gratis, la canilla va a ser de todos.
- Es lo que escuché, pero quería estar seguro, vio, porque nunca nos dan nada…

Después el hombre miró hacia el cielo, entrecerrando los ojos, y luego se marchó. Parecía ser el único que no estaba contento con aquella obra.
Esteban observó a la gente y a sus miradas ansiosas.   Cuanto necesitaban el agua, algo tan básico, que a veces, cuando se la obtiene con facilidad, cuando no falta, no se la aprecia como se debería, no se la cuida; pero cuando falta se clama por ella, y muchas cosas que antes parecían importantes dejan de serlo.
Al otro día Esteban terminaba de hacer los últimos ajustes a la canilla. La gente ya hacía una larga cola, cargando bidones y baldes vacío. Cuando el vital elemento fluyó, chorreando hasta la tierra reseca, que la absorbió enseguida, se escuchó una exclamación general y unos ¡Viva!, de alegría: ahora tenían agua potable.  Esteban también sonreía, y al voltear hacia una calle que iba ascendiendo, vio que el viejo con el que hablara el día anterior se alejaba por ella. Al llegar a la cima, el aire vibrante, recalentado por el sol, borroneó la figura del viejo, y éste desapareció de pronto.
  

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