lunes, 8 de abril de 2013

El dinero o el agua

Ya casi sin energías, Adam se tambaleaba a cada paso. El sol quemaba desde el cenit del cielo, y el
desierto soportaba su luz enceguecedora que lo teñía todo. El aire recalentado distorsionaba las
imágenes a la distancia, y Adam seguía caminando por aquel horno, enterrando sus botas de baquero
en la arena caliente. 
Después de robar un banco, el sheriff y sus hombres lo habían perseguido largamente. Finalmente pudo escapar a estos al adentrarse en lo profundo del desierto, pero ahora luchaba contra la naturaleza.  Su caballo había muerto kilómetros atrás, y ya no tenía agua. Con cada respiración el
desierto le iba quitando la vida, y sus labios se resquebrajaban, le ardía la garganta y la sed lo
desesperaba.   Sobre la espalda cargaba su mal habida bolsa de dinero, la cual entregaría en ese
momento por un vaso de agua, ¡por medio vaso de agua incluso!, mas seguía cargándola sobre su
hombro, pues aún se negaba a abandonarla.
 
Cada tanto desparramaba una mirada por aquel paisaje reseco y polvoriento, donde sólo había arena,
algún que otro arbusto achaparrado y espinoso, cactus, rocas y sol, todo calcinándose bajo el calor.
Creyó ver una sombra alada cruzar cerca de él; levantó la vista y vio a unos buitres volando en círculos, esperando que se rindiera, pero Adam no quería morir, y el espíritu de algunos hombres
es testarudo.  
Entre el aire vibrante del desierto, alcanzó a ver una vegetación verde, entonces sus ganas de vivir
lo impulsaron, y al sonreír le sangraron los labios ¡Pero qué importaba! Más adelante estaba la
salvación. 
Una línea verde de árboles partía desde unas montañas lejanas, allá en el horizonte, y serpenteaba por
el desierto hasta perderse de vista. 
Adam llegó hasta el margen de los árboles y avanzó apartando ramas mientras escuchaba el canto del
agua.  Finalmente vio brillar el vital elemento. Un arroyuelo, cristalino y fresco, corría rumoroso entre rocas, y en sus orillas rozaban las ramas de algún que otro sauce.
Entró al agua y comenzó a beber como loco, entre gritos de euforia. Sin que lo notara, dejó caer la bolsa de dinero, y rápidamente la corriente la fue arrastrando.  Ya saciada su sed se acordó de dinero,
y buscó en vano en derredor, ya no estaba.
Elevó la mirada al cielo y con un juramento maldijo su suerte, al bajar la vista, el arroyo, los árboles,
todo había desaparecido, y estaba semienterrado en la arena ardiente. La bolsa con el dinero estaba a su lado. Ahora tenía lo que más quería, pero iba a morir.   
 

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